¿Recuerdas?

¿Recuerdas?
La pureza y simpleza de la niñez

Wednesday, October 28, 2009

La Estupidez en 2 Actos

Acto I

(1) ¡Elévate man, elévate!
(2) No puedo chucha. ¿Qué no ves que a esta huevada le falta el aire?
(1) ¿Cómo que a esto le falta el aire, man? ¿No estamos acaso volando en el aire?
(2) Si, tonto gil, pero igual, se nos está ahogando el adefesio este.
(1) Pero si "mi general" dijo que es nuevecito.
(2) ¡Simón! Eso dijo "mi general", pero los indios esos, lo diseñaron para volar a 10 mil pies.
(1) ¿Así? ¿Pero cómo? ¡Si solo estamos a unos de 3 mil pies!
(2) ¡Si serás shunsho! Tres circunvoluciones cerebrales menos y serías como "mi general"
(1) [¿Qué me habrá querido decir este huevas?]
(1) ¿Ya ves? Eso pasa por no haber lloriqueado por la mala educación que te dieron en el instituto. Verás, estamos volando a un pite más de 3 mil pies desde el nivel del suelo, pero Quito se encuentra a mas de 8 mil pies de altura.
(1) ¿Y eso qué?
Recordando las sabias palabras de un verdadero patriota:
(2) ¡Por idiotas como tú es que los ecuatorianos tenemos mala reputación! Esta pendejada solo funciona por debajo de los 10 mil pies… pero por sobre el nivel del mar. Nosotros ya nos mandamos mil mas de lo que debíamos. Si seré gil yo también, que te hago caso, y me entusiasmo con las piruetas.
(1) ¡Ele mierda! Y yo que creí que andábamos bien altivos y soberanos.
(1) y (2) ¡Ay Diosito nos estrellamos!

¡Pummmm!

Y mientras esta discusión ocurría a una velocidad impresionante, el helicóptero indio se desplomaba implacable y aparatosamente al pavimento, opacando así el jolgorio de los milicos, y el júbilo de "mi general".

Acto II

Cuenta la leyenda que el ropavejero era un sujeto harapiento, sucio, cuyo hedor se percibía a 3 cuadras de distancia. Recorría los barros de la ciudad recogiendo chatarras, cachivaches, chucherías y objetos desechados por la gente. Individuo huraño, necio, terco, alevoso, refunfuñaba y se enredaba en absurdas discusiones con los transeúntes. Era un individuo incapaz de aceptar consejo alguno aunque fuese para su propio beneficio. A pesar de verse, cada día, a si mismo como un pordiosero, jamás puso en práctica lo que otros le hubiesen podido recomendar para su propio beneficio. Prefirió siempre la compañía de otros pelafustanes que se comportaban como una jorga de bravucones cuando tenían la oportunidad de juntarse. Pese a ello, este enajenado mental aceptaba de muy buen talante cualquier porquería que proviniese de alguno de sus pelmazos amigotes. El fin del día, todo lo que estos sujetos generosamente le regalaban, resultaba ser la porquería mas grande, algo inútil y que mas bien terminaba siendo un incómodo estorbo, en ocasiones difíciles de deshacerse.

Uno de los amigotes de este ropavejero, era un energúmeno grandulón con facha de primate sobreamamantado con leche de paquidermo. Robaba a su gente, para luego dárselas de magnánimo, repartiéndo lo usurpado, a sus compinches. Entre las cosas que este grotesco mico acromegálico había robado, pero que ya no le servían, estaba una colección de vejestorios voladores, de entre los cuales resaltaba una flotilla de viejas motocicletas. Un día, decidió regalar esas chatarras a su amigo el ropavejero y toda su familia.

La gente de los barrios, con las mejores intenciones, le sugirió que no las aceptara, pues le iban a causar más de un dolor de cabeza. Dicho y hecho. Uno de sus hijos se encaramó en una de esos vetustos aparatos y se estrelló en la esquina siguiente, llevándose consigo a un par de ancianas que caminaban por el lugar.

El presidente de los ecuatorianos (¡de algunos!) decidió aceptar sin reparos unos avioncitos de guerra hechos de remaches, parches y piezas recicladas que tan generosamente nos regaló el comandante-compañero de la espada de Bolívar. Dijo que la vida útil de esos aparatos era de unos 5 años, y que nos iban a servir para que los milicos que vuelan helicópteros indios, practiquen un poco, y así no los estrellen en los actos castrenses.

Resulta ser que para poder volar esos cacharros supersónicos, el piloto tiene que abrir la escotilla, sacar la cabeza, y mirar por dónde anda, para saber si ya está cerca de su destino. Los aviones esos no arrancan sin que antes se de vueltas a una manivela que se ubica justo por debajo de las turbinas. A veces necesitan que los empujen en una bajada para que puedan arrancar. Como tienen sistemas de radar, el copiloto tiene que bajarse a preguntar a quien se encuentre por el camino, para asegurarse de que se está en la dirección correcta. Según se dice, el piloto debe asegurarse de que lleven un galoncito de agua, no vaya a ser que se les recaliente el radiador o se les sople el empaque.

La última vez que se les vio a esos mamotretos semi voladores, los remolcaba, (en Panamá) una de las winchas gratuitas que anda promocionando el muy ilustre municipio de Quito, gracias a los comedidos oficios de su revolucionario burgomaestre.

Tal parece, ya le encontraron remplazo al viejo y oxidado avión que ornamenta el parque de La Carolina. Creo que es una gestión de embellecimiento digna de todo encomio. En lugar de uno, ahora tendremos 5 esqueletos de hoja lata adornando el paisaje, para el deleite de todos los quiteños. De pronto, y hasta mandan a uno de esas latas, a manera de donación, para que sea ubicada por decreto ejecutivo, en el malecón 2000, otrora malecón Simón Bolivar, hoy por hoy, malecón León Febres Cordero Ribadeneyra.

¡Cómo me divierte esta revolución! (Y los payasos que la animan)


PD/ ¿Cuánto nos costará a los ecuatorianos procesar toda esa basura?

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