
La ausencia de un Dios y el enorme vacío que esto significa en las vidas de las personas, las lleva a la persecución de fetiches que ocupen esa vacante. Persiguen la sublimación de su humanismo y profesan la devoción al hombre y sus derechos prescindiendo de ese Dios; y se aferran a pendejadas como la de Woodstock. Masificación de lo burdo, mistificación de lo nimio pírrico momento de mezquino ensalzamiento espiritual y fuente de "profundísimas" reflexiones de quienes, por ello, se elevan en un patético y pusilánime nirvana.
La farra mas grande de la que se tiene certeza, este Woodstock no fue otra cosa que la semi-espontánea convergencia de un atado enorme de niñitos blancos greñudos, de coloridos atuendos, enfrascados en un desenfrenado coito y drogándose al son de la inspirada música que encontraba sus musas en el ácido lisérgico y otros alucinógenos.
Papagayos multicolor y abultado apetito venéreo, entregados al amancebamiento y al frenesí de la concupiscencia carnal en medio de un chiquero.
Don Contreras del mundo, hippies sucios y promiscuos, afectos a la paz siempre y cuando esta se la entienda en sus propios términos. Mujeres entregadas a la consagración del más recalcitrante de los machismos: convertidas en auto convencidos receptáculos complacientes y complacidos de innumerables falos que se meneaban cual enhiestos lábaros en búsqueda de húmedo aposento.

¿Cuál fue el legado? ¿Cuál la moraleja?
El Legado: recuerdo de la gran parranda, pretexto para posteriores incursiones eroto-políticas o pornográficamente correctas. Icono de inspiración para pedantes fantoches y petulantes defensores de causas perdidas que pretenden asumir posturas mesiánicas.
La Moraleja: una pija parada no invoca ninguna paz; culees o no culees, eso no parará la guerra, mas si la verga. Si lo que quieres es dejar aflorar tu espíritu exhibicionista para que otros te vean en pelotas; o quieres que te aprecien copulando o siendo copulado; o quieres drogarte y sentirte aceptado en medio de una turba de marihuaneros; o simplemente andas buscando la excusa perfecta para echarte un polvo sin ataduras, entones invoca a Woodstock y arma un farra de ese calibre.
Tanto semen derramado, tanto coño desflorado, bosques enteros de cannabis chamuscados, tanto hongo destilado, y todo en nombre del amor (¿?) y la paz, para terminar en una memoria que invoca imágenes de empantanados majaderos y majaderas que no lograron ni consiguieron nada, mas allá de un montón de enfermedades venéreas y embarazos no deseados. La guerra no cambió su rumbo. Nadie los escuchó después de ese fin de semana. Woodstock está bien para unos pocos nostálgicos soñadores, y para una horda de defensores de los derechos humanos que viven abstraídos de la humanidad y sus derechos.